El objetivo de este blog es dar a conocer las Encíclicas de San Juan Pablo II y publicar comentarios acerca de ellas escritos por autores de prestigio para que el material sea fuente de inspiración, meditación y estudio.

martes, 1 de septiembre de 2015

La Misericordia de Dios en las enseñanzas del Santo Padre Juan Pablo II – Jan Machniak (4 de 4)

(es una foto mia de mi viaje del 2005, ahora Santa Faustina esta en el altar junto al cuadro de Jesus Misericordioso)


3. Confiar el mundo a la Divina Misericordia
Durante la consagración de la Basílica de la Divina Misericordia en Cracovia, Juan Pablo II subrayó, que el mundo contemporáneo necesita la Misericordia Divina y le dio a la Iglesia la misión de acercarle al mundo el misterio de la Divina Misericordia: "Por eso hoy en este santuario quiero realizar este acto solemne de confiar el mundo a a la Divina Misericordia. Realizo esto con un ardiente anhelo, para que el mensaje del amor misericordioso de Dios, que fue anunciado aquí por intermedio de Sor Faustina llegue a todos los habitantes de la tierra y colme sus corazones de esperanza. Que este mensaje sea difundido desde este lugar por toda nuestra querida Patria y en todo el mundo. Que se cumpla la promesa de Jesús, que desde aquí debe salir la "chispa que preparará el mundo para Su última venida" (por. DZ 1732). Hay que encender esta chispa de la gracia de Dios. Hay que transmitirle al mundo el fuego de la Misericordia. En la Misericordia de Dios, el mundo encontrará la paz y el hombre la felicidad! Esta tarea se la encomiendo a ustedes queridos hermanos y hermanas, a la Iglesia de Cracovia y de Polonia y además a todos los que veneran la Divina Misericordia, a los que vendrán aquí de Polonia y de todo el mundo." (6).
El confiar el mundo a la Divina Misericordia es un acto de de fe, cuyo fundamento es la actitud de confianza puesta en Dios, como la del niño hacia un Padre misericordioso, que nunca abandona al hombre a quie le regala constantemente su amor. Juan Pablo II como Abram y los Patriarcas, como Pedro y sus sucesores, se puso al frente de la Iglesia y de toda la humanidad expresando en su nombre la fe en Dios cercano al hombre por Su misericordia. Proclamó al mismo tiempo la fe de que Dios por último se reveló al hombre en Jesucristo, quien mostró en su totalidad la misericordia del Padre – en sus actos, en sus enseñanzas, pero sobre todo en su Muerte y Resurrección. El hombre descubre la misericordia de Dios gracias a la acción del Espíritu Santo.
El acto de confiar el mundo a la Divina Misericordia posee claramente una estructura tripartita en la que se puden distinguir los siguientes elementos: la invocación a Dios Trinidad, la petición por la humanidad afligida y el ruego de misericordia para el mundo.
El acto de confianza es una forma de relación en la que se introduce el hombre creyente cuando se dirige a Dios. El mismo, manifiesta al mismo tiempo la posición de quien reza y su experiencia de fe.
En la primer parte del acto de la entrega del mundo a la Misericordia Divina, Juan Pablo II proclama en nombre de toda la Iglesia la confianza en la Divina Misericordia. La invocación a Dios, Padre misericordioso es el resumen de la fe cristiana en Dios cercano al hombre, quien revela su rostro en el misterio de la misericordia:
Dios, padre misericordioso, que revelaste tu amor en Tu Hijo Jesucristo y lo derramaste sobre nosotros en el Espíritu Santo, Consolador, a Tí te confiamos hoy los destinos del mundo y de cada hombre.
El hombre del siglo XXI, experimenta más aún el vacío de la vida, el temor al futuro, al sufrimiento y a la soledad. En este contexto leemos las palabras del Santo Padre Juan Pablo II en la segunda parte del del acto de entrega.:
Inclínate sobre nosotros, los pecadores, cura nuestra debilidad, vence todo el mal, permítele a todos los habitantes de la tierra experimentar Tu misericordia, para que en Ti Dios Trinidad siempre reencontremos la fuente de esperanza.
En esta oración, Juan Pablo II se presenta como Moisés ante Dios, presentando todas las debilidades del hombre que hoy destruyen a la humanidad, como las víboras venenosas en el desierto lo hacían al pueblo elegido (Lb 21, 4-9). Es como si el Santo Padre juntara las voces de desesperación y sufrimiento que resuenan por toda la tierra para presentárselas a Dios y pedirle misericordia.
La consecuencia de la proclamación de fe en el Dios de la misericordia es la oración por la misericordia. La convicción de la necesidad de la oración por la misericordia llevó al Santo Padre a realizar el acto de confiar el mundo a la misericordia Divina. El mismo es el fruto de la fe ardiente del Papa, de una profunda reflexión en el misterio de la misericordia y del gran amor hacia la gente que perdió a Dios y perdió el sentido de la vida.
El acto de confiar el mundo a la Divina Misericordia, concluye con un llamado que es el eco de la oración llamada Rosario de la Divina misericordia que le fuera transmitida a Sor Faustina por Jesus: Padre eterno, por la dolorosa pasión y resurrección de Tu Hijo, ten misericordia de nosotros y de todo el mundo! Amén.
La oración por la misericordia está drigida a Dios Padre de la misericordia por intercesión del Hijo de Dios que trajo misericordia al mundo por su muerte y resurrección. El Santo Padre viendo las necesidades actuales pide la misericordia para todo el mundo: ¡Cuán grande es la necesidad de misericordia del mundo de hoy! En todos los continentes desde el fondo del sufrimiento humano parece elevarse el clamor por la misericordia" (La Misericordia divina, única esperanza, Homilia en Lagiewniki, Cracovia, 17 de agosto de 2002, en: Dios rico en misericordia, Cracovia 2002, página 77). La Misericordia es esa gran oportunidad para renovar el corazón del hombrealcanzado por el pecado.
La verdad sobre la Divina Misericordia, como subrayó Juan Pablo II es el elemento central de la misión que recibieron de Su Señor, los discípulos de Cristo. Comprende la proclamación de la fe en el Dios de la misericordia y la alabanza a Dios, rico en misericordia y además la mirada valiente y llena de esperanza en el futuro. Se realiza a través de la proclamación de la divina Misericordia en la Liturgia de la Palabra y la celebración de la Eucaristía y el cumplimiento del sacramento de la Reconciliación, los cuales son fuente de misericordia y comprenden el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, en los que se reveló en su totalidad ante el hombres, la misericordia Divina. La Misericordia Divina experimentada por el hombre que reconoce su debilidad, lo abre al prójimo mostrando la posibilidad de compartir la misericordia. Fructifica como ayuda incondicional entregada al hombre que se encuentra con necesidades.
El misterio de la Divina Misericordia se hizo actual de un modo particular gracias a la experiencia de Sor Faustina Kowalska (1905-1938) al que Juan Pablo II llamó: "regalo de Dios para nuestros tiempos". Este misterio ayuda a descubrir a Dios presente en el mundo y a la realización de la misericordia con los demás.
Ks. Jan MACHNIAK, PAT Kraków


(1) JUAN PABLO II, Regalo de Dios para nuestros tiempos. Homilía durante la Santa Misa de canonización, en: Manifestación de la Misericordia, 35/2000, pág.4
(2) Ibídem, pág. 77
(3) Por. J. TISCHNER, Caminos y parajes de la misericordia, Cracovia, 1999, págs. 55-78.
(4) JUAN PABLO II, La Divina Misericordia, única esperanza, Homilía en Lagiewniki, Cracovia, el 17 de agosto de 2002, en: Dios rico en misericordia, Cracovia 2002, pág. 77.
(5) Ibídem, pág. 72.
(6) Ibídem, pág. 77

sábado, 29 de agosto de 2015

La Misericordia de Dios en las enseñanzas del Santo Padre Juan Pablo II – Jan Machniak (3 de 4)



2. Proclamación de la misericordia de Dios
El deber de proclamar la Misericordia Divina es la base de la misión que fuera confiada a los apóstoles por Cristo. Esta misión es la prolongación de la tradición de los profetas del Antiguo Testamento, y el completamiento fiel de la misión de Jesús basada en mostrarle al hombre a Dios, Padre de la Misericordia.
En la encíclica Dives in Misericordia, Juan Pablo II claramente señala la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios, como fundamental misión de la Iglesia con respecto al mundo actual: "la Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su revelación mesiánica, pero sobre todo proclamando, que como verdad salvadora de la fe y de la vida a través de la fe y; consiguientemente tratando de introducirla y encarnarla en la vida, tanto de los propios proclamadores, como también en medida de lo posible, en todas las personas de buena voluntad. Finalmente, la Iglesia – proclamando la misericordia sin apartarse de ella en la vida – tiene el derecho y la obligación de apelar a la misericordia de Dios, llamándolo ante todas las manifestaciones de los males físicos y morales, ante todos los peligros que pesan tanto sobre todo el horizonte de la vida actual de la humanidad (DM 12). Según el Santo Padre, la misión de la proclamación de la Divina Misericordia, se expresa en la proclamación de la verdad, de que Dios es Misericordioso y en la alabanza al Dios de la misericordia. La segunda tarea de la Iglesia, es decir de los discípulos de los discípulos de Cristo, es la realización de la Misericordia. La tercer forma de dar testimonio de Dios es la oración por la Misericordia para el mundo. El punto de salida de las actividades en el campo apostólico de la Misericordia Divina, es la proclamación de la fe en el Dios de la Misericordia. Sin este fundamento la realización de la Misericordia se convierte en común filantropía (3), la cual puede ser realizada hasta por un hombre no creyente.
a) Alabanza al Dios de la Misericordia
Juan Pablo II subraya que el espacio fundamental para dar testimonio de la misericordia de Dios es la liturgia de la Iglesia, las lecturas litúrgicas y las oraciones en las cuales se escucha el eco de la verdad expresada en las páginas de las Sagradas Escrituras. En segundo lugar, la experimentación del Pueblo de Dios, la cual certifica el conocimiento de la misericordia de Dios en la vida cotidiana: si algunos teólogos aseveran, que la misericordia es la mayor entre las cualidades y perfecciones de Dios, son la Bíblia, la tradición y toda la vida de fe del Pueblo de Dios, quienes suministran con seguridad particular el recubrimiento para esta aseveración. No se trata aquí sólo de la perfección insondable, de Dios en el misterio divino, sino de la perfección y cualidad en la cual el hombre con toda la verdad interna de su existencia, especialmente cerca y especialmente a menudo, se encuentra con el Dios vivo (DM 13).
La primera experiencia de fe del cristiano, es el encuentro en su vida con el Dios de la Misericordia, la cual Juan Pablo II compara con "ver al Padre" y sobre lo cual, Cristo le hablaba a Felipe (J 14, 9 nn). Ver a Dios a través de la fe encuentra una especial realización en experimentar el amor misericordioso del Padre, parecido a la experiencia del Hijo de la parábola del hijo pródigo. La Iglesia ubica esta experiencia en el centro de sus enseñanzas (DM 13), puesto que es la llave para conocer a Dios revelado en Cristo, y para descubrir la dignidad de otro hombre, creado a imagen de Dios: "quien me ve, ve también al Padre" (J. 14, 9). La contemplación del Rostro Misericordioso de Cristo, acerca hacia el Padre, cuya naturaleza es misericordiosa.
La proclamación y aclamación de la Misericordia Divina, se realiza entonces, cuando la Iglesia aclamando la Palabra de Dios, acerca a la gente a la fuente de la Misericordia: la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación (DM 13). Ellos son un regalo de Cristo crucificado y resucitado, quien por su muerte y resurrección reveló en forma completa la Misericordia de Dios. Juan Pablo II, con toda la autoridad heredada de Pedro, recuerda, que la Eucaristía es fuente inagotable del amor de Dios: "la Eucaristía nos acerca siempre a ese amor que es más potente que la muerte: cada vez que comemos este pan, o tomamos de este cáliz, no sólo proclamamos la muerte del Redentor, sino que también recordamos Su resurrección y esperamos Su venida gloriosa" (DM 13). Por lo tanto, el primer deber del discípulo de Cristo, es dispensar y tomar parte en el sacramento de la Eucaristía. Ya sólo el rito eucarístico que hace presente la pasión, muerte y resurrección de Cristo, es una demostración del infinito amor de Dios, quien dio a su Hijo para la Salvación del mundo (por. J 3, 16).
El camino para el encuentro con la misericordia de Dios en la Eucaristía, está abierto a través del sacramento de la reconciliación, en la cual, como dice Juan Pablo II "cada hombre en forma particular puede experimentar la misericordia, o sea, ese amor que es más fuerte que el pecado" (DM 13). Ante el pecado, se manifiesta más completamente la infinita misericordia de Dios, quien siempre está listo para perdonar al hombre que se arrepiente de sus actos: "es infinita la disposición y la fuerza de perdón recubierta constantemente con el valor imposible de explicar de la ofrenda del Hijo. Ningún pecado de los hombres puede sobrepasar esta fuerza ni limitarla. Sólo la puede limitar del lado humano la falta de buena voluntad, la falta de predisposición para convertirse, es decir, para reconciliarse, el perdurar en la obstinación y en contra de la gracia y de la verdad y especialmente ante el testimonio de la cruz de la resurrección de Cristo" (DM 13). El deber apostólico de la Iglesia en el campo del sacramento de la reconciliación, comprende la proclamación de la conversión y el mostrar a un Dios dispensador y bondadoso. Los cristianos realizan un gran esfuerzo acercándose al sacramento de la reconciliación y perdonándose mutuamente, para que toda la gente sea capaz de ver el Rostro del Dios dispensador.
Del amor misericordioso de Dios, comprendido en la Eucaristía y en el sacramento de la Reconciliación, nace la unidad que comprende no sólo a los cristianos, sino que también a todas la naciones.
b) la realización de la misericordia.
Un espacio importante para la mostrar la Divina Misericordia, son los actos de misericordia, a través de los cuales el hombre confirma, que no sólo necesita misericordia sino que está presto a ser misericordioso con su prójimo. (DM 14). Cumpliendo con los actos de misericordia que emanan de experimentar la misericordia Divina, el cristiano conoce la capacidad que tiene oculta en sí mismo, de compartir el amor. Juan Pablo II, subraya en la Encíclica Dives in misericordia, que el hombre es capaz de conocer la misericordia de Dios, en tanto es capaz de mostrar misericordia hacia otros.
El amor misericordioso es una fuerza que une y levanta a la gente en sus relaciones recíprocas, transformando a la persona que da y a la que recibe. El ejemplo de este amor es Cristo crucificado, quien se entregó a Sí mismo sin límites hasta la muerte (Mt 25,34-40): "Hasta en los momentos en los cuales todo pareciera señalar, que sólo una de las partes regala, da – y la otra solo recibe, toma – (ej. En el caso del médico que cura, el maestro que enseña, los padres quienes mantienen y educan a sus hijos, el donador, el cual da a los necesitados), en escencia, las cosas son recíprocas (DM 14). Apoyándose en el ejemplo de Cristo, el cristiano limpia continuamente sus actos de misericordia, para que siempre estén inspirados en la experimentación del amor sin pedir nada a cambio. Sólo entonces se transforman en actos de misericordia, que abren a Dios y revelan la verdadera dignidad del hombre capaz de compartir el amor.
El camino del amor incondicional, que nos mostró Cristo en la Cruz, no es entonces un acto o un proceso unilateral, sino que exige reciprocidad ante Dios y ante el hombre. El amor misericordioso al mismo rtiempo, iguala las diferencias que surgen entre la persona que da el bien y la que lo recibe. Por eso para Juan Pablo II la misericordia es el complemento de la justicia: "La auténtica misericordia cristiana es al mismo tiempo como el perfeccionamiento encarnado "la nivelación" entre los hombres y luego también el perfeccionamiento de la justicia encarnada, en tanto ésta en sus límites aspire también a una nivelación así" (DM 14). La Misericordia es el elemento fundamental que le da forma a las relaciones iterpersonales en el espíritu del respeto y de la dignidad del hombre y el descubrimiento de su capacidad de realización del bien.
El apostolado de la misericordia, medido por los actos de misericordia, debe siempre apelar a la experiencia fundamental del amor en Cristo, para que la misericordia no se convierta en filantropía o sea sustituida por la justicia social: "Por eso también la Iglesia, como deber principal, en cada etapa y especialmente en la actual, debe reconocer la proclamación e introducción en la vida, del misterio de la misericordia revelada hasta el final en Jesucristo. (DM 14).
La consecuencia de la expresión de la fe en Dios misericordioso es la oración por la misericordia.
c) oración por la misericordia

La oración por la misericordia, que emana de experimentar la misericordia de Dios en la vida y de realizar actos de misericordia es, como dice Juan Pablo II, el derecho y la obligación fundamental de la Iglesia: "La Iglesia proclama la verdad de la misericordia de Dios revelada en Cristo crucificado y resucitado y la proclama de distintas maneras. La Iglesia, trata también de ser misericordiosa con la gente a través de la gente, viendo en esto la condición indispensable, esforzarse por un mundo mejor "más humano" para el día de hoy y para el mañana. Sin embargo en ninguna época, en ningún período de los acontecimientos – especialmente en una época tan decisiva como la nuestra – la Iglesia no puede olvidarse de la oración, la cual es un llamado a la misericordia de Dios ante los diversos males que pesan sobre la humanidad y que la amenazan. Éste es el derecho fundamental y al mismo tiempo un deber de la Iglesia en Jesucristo" (DM 15). Ante la secularización de la vida, el alejamiento de Dios y la vida "como si Dios no existiera" la Iglesia tiene la obligación de rezar por la misericordia como signo de esperanza para cada hombre.
Ante el creciente alejamiento del hombre, de Dios, hasta llegar al punto de que se torna incapaz de expresar la palabra "misericordia" y abrirse a la actividad de Dios, la Iglesia debería pronunciar esta palabra en su nombre. El convencimiento de la necesidad de orar por la misericoradia condujo al Santo Padre a formular el Acto de confiar el mundo a la Divina Misericordia. Esto, es el fruto de la fe viva del papa, de la profunda reflexión sobre el misterio de la misericordia y del gran amor hacia la gente que perdió a Dios y perdió el sentido de la vida.
La oración por la misericordia está dirigida a Dios Padre de la misericordia por intercesión del Hijo de Dios, quien trajo al mundo misericordia por su muerte y resurrección. Juan Pablo II, viendo las necesidades de la sociedad, pide la misericordia para todo el mundo: "Cuán grande es la necesidad de misericordia del mundo de hoy!" En todos los continentes, desde el fondo del sufrimiento humano parace elvarse la súplica por la misericordia" (4). La Misericordia es esa gran oportunidad de renovar el corazón del hombre tocado por el pecado.
La alabanza a Dios misericordioso se realiza en Jesucristo, quien en su totalidad revela el misterio de Su Padre. Jesús alaba a Dios con toda Su vida: con el trabajo, la oración, las enseñanzas y la obediencia a la voluntad de Su Padre hasta después de morir en la cruz y resucitar. De esta manera enseña, cómo reconocer la presencia de Dios en todos los actos de la vida, en las alegrías y en las tristezas y hasta en los terribles sufrimientos y en la muerte, cumpliendo los mandamientos de Dios que se completan en el mandamiento del amor.
La alabanza a Dios se realiza en el amor: "Esta proclamación en la que se expresa la fe en el amor omnipotente de Dios es especialmente necesaria en estos tiempos en los cuales el hombre se siente perdido ante la presencia de las múltiples manifestaciones del mal. Se debe tratar de que la súplica a la misericordia Divina fluya desde nuestros corazones llenos de sufrimiento, intranquilidad e insertidumbre en la búsqueda de la fuente segura de esperanza" (5). En el acto de alabanza, el hombre que contempla la misericordia de Dios descubre la verdad sobre sí mismo i sobre su vida.
De la experimentación de la cercanía de la Divina Misericordia, brota la idea de la misericordia, la cual según Juan Pablo II, se expresa en la apertura a los otros hombres, lo acompaña en sus dificultades y también en la ayuda concreta que lo conduce a levantarse de una situación difícil. En su preocupación por el hombre débil e inseguro el Papa le confió el mundo entero a la Divina Misericordia.

martes, 25 de agosto de 2015

La Misericordia de Dios en las enseñanzas del Santo Padre Juan Pablo II – Jan Machniak (2 de 4)



1. El misterio de la Misericordia Divina en la Revelación
En la encíclica Dives in Misericordia, el Papa Juan Pablo II, después de la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II, Gaudium et spes recuerda, que Jescucristo es la totalidad de la "manifestación del misterio del Padre y Su amor" (GS 22). El Dios de la revelación es un misterio del amor (1 J, 4, 16.18), que une en uno solo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Es el Amor, que comparte con cada criatura porque Su naturaleza es un regalo. Se revela al hombre en la Historia de la Salvación, como Creador y Señor de todo lo creado, como buen Padre y dador de vida ( Genesis 1-2; Col 1, 15-20). En Él el hombre encuentra su complemento.
La experiencia básica de la misericordia en la Historia de Israel, a la que alude Juan Pablo II (DM 4) es el hecho que tuvo lugar durante el éxodo de la nación elegida de la esclavitud egipcia. Dios, viendo el sufrimiento de su pueblo, tuvo compasión de su infortunio, y lo liberó de las manos de sus opresores. En la experiencia de la liberación, está enraizada la confianza de los israelitas en la misericordia de Dios, la cual traspasa todo pecado y miseria del hombre. En este momento de los acontecimientos, Dios, Creador del Hombre y Señor del Mundo, revela toda la verdad sobre sí mismo: "pasó el Señor ante sus ojos y clamó: Jehová, Jehová, Dios misericordioso y compasivo, paciente y rico en gracia y fidelidad, conservador de su Gracia, por miles de generaciones, quien perdona la indignidad, la falta de fidelidad, el pecado..." (Éxodo 34, 6-7). En este acontecimiento, Dios reveló la verdad fundamental, que es que cada hombre que es culpable por el pecado y que se alejó de su creador, pueda encontrar motivo para volver y dirigir su súplica de perdón. (Lb. 14, 18; Krn 30, 9; Ne 9, 17; Ps 86, 15; Mdr. 15, 1; Syr. 2, 11; Job. 2, 13). El Papa recuerda, que Dios revela su Misericordia desde el comienzo de los acontecimientos a través de palabras y acciones develando distintas dimensiones de Su amor al hombre.
La Misericordia Divina revelada en el Antiguo Testamento, observa el Papa en la encíclica Dives in Misericordia, es el paradigma del Amor de Dios hacia el hombre, que comprende distintos "matices de amor". Es el amor de padre como resultado del hecho de dar la vida, porque Dios es el Padre de Israel (Is 63, 16) y el pueblo elegido Su Amado Hijo (Éxodo 4,22). Es al mismo tiempo Esposo, e Israel Su esposa amada (Os. 2, 3). Su amor se revela como compasión y magnánimo perdón, cuando el Pueblo Elegido no preserva la fidelidad (Os. 11, 7-9; Jr. 31, 20; Iz. 54, 7). Los salmistas lo llaman Dios del Amor, de la bondad, de la fidelidad y de la misericordia (Salmos 103; 145). La experimentación de la Misericordia de Dios, nace en el diálogo interno del hombre con su Creador y Padre.
En la encíclica Dives in Misericordia, Juan Pablo II, apelando a la Historia de la Salvación, recuerda sobre la constante presencia de Dios entre la gente. La Misericordia del Padre revelada por Jesucristo, está presente en el Antiguo Testamento, en la historia del pueblo elegido, el cual conservó su fé en un Dios único. Dios Jehová, creador del mundo y del hombre, se hace conocer por Moisés como misericordia. Dios se presenta solemnemente a sí mismo: "y el Señor bajó en una nube, y [Moisés] se detuvo junto a Él y pronunció el nombre Jehová. Pasó el Señor ante sus ojos y clamó: Jehová, Jehová, Dios misericordioso y compasivo, paciente, rico en gracia y fidelidad, conservador de su gracia por miles de generaciones, quien perdona la indignidad, la infidelidad, el pecado... " (Éxodo 34, 6-7). En el amor de Dios al hombre: la bondad, la complacencia, la gracia y la fidelidad (hebr. hesed), la ternura y la compasión que caracterizan a la madre (hebr. rahamin), la magnanimidad y complacencia (hebr. hanan) así también como la compasión, el respeto al enemigo y el perdón (hebr. hamal). La Misericordia entendida como revelación del amor del Dios exterior, se une en forma indisoluble con el acontecimiento de la creación, uniendo al Dios Creador con el hombre, el cual es Su creación (DM 4). Tal como señala el Santo Padre, en la naturaleza del amor esta comprendido el que ella no puede odiar, ni desear el mal a aquel a quien colmó de bienes.
El pueblo elegido conservó el misterio del Amor Misericordioso, advertido por los profetas en sus acciones, quienes exhortaban a abrir su corazón al Dios Misericordioso (Is. 54, 10; Je. 31, 3). La Misericordia experimentada por los israelitas era "el sentido de relacionarse con su Dios" (DM 4) especialmente en los momentos en los que faltaba fidelidad a la Alianza. Salomón se dirige a Dios en su súplica con motivo de la bendición del templo pidiendo misericordia (1 Krl 8, 22-53). El profeta Miqueas pide perdón por la infidelidad apelando a la Misericordia de Dios (Mi 7, 18-20), y el profeta Isaías consuela a los desterrados señalando la misericordia como garantía de Su cercanía y protección (Is. 51, 4-16). En los profetas, la misericordia significa una especial fuerza de amor, la cual es "más grande que el pecado y la infidelidad del pueblo elegido" (DM 4). La misericordia comprende no sólo a la sociedad del Pueblo Elegido, sino que también particularmente a las personas, las cuales debido a un mal físico o moral experimentan el sentido de culpa. Al Dios de la misericordia acude David luego de su pecado con Betsabé (2 Sm 11, 11-12). Dios viendo su verdadero arrepentimiento y sufrimiento debido al mal ocasionado, le demuestra su amor y conmiseración, perdonándole su pecado. De esta experimentación del amor y conmiseración no sólo en la dimensión del pueblo, sino también en las personas individuales, nace la confianza en Dios, la cual le permite al hombre dirigirse a Él y descubrir Su presencia.
Juan Pablo II en Dives in Misericordia advierte, que cada hombre, es capaz de descubrir a Dios en la naturaleza y en el cosmos por Sus "cualidades invisibles" (Rz 1, 20). El conocimiento directo no permite sin embargo ver a Dios en su totalidad. La revelación del Amor en Jesucristo conduce a Dios "al impenetrable misterio de Su ser" (DM 2; 1 Tm 6,16). Jesús nos muestra al Dios de la Misericordia en sus parábola sobre la oveja y la dracma perdidas (Lc, 15, 1-10), y particularmente en su parábola sobre el hijo pródigo (Lc. 15, 11-32). Esta parábola nos muestra en un comienzo la dimensión del amor del padre, listo para perdonar y para obsequiar. Juan Pablo II rescata aún más de ella: la dignidad del hijo pródigo, la cual brilla nuevamente gracias a la misericordia del Padre. Dios se muestra fiel a su paternidad: "un Amor así es capaz de inclinarse ante cada hijo pródigo, sobre cada miseria humana, pero sobre todo, ante las miserias morales y los pecados" (DM 6). La grandeza del amor de Dios ante el hombre pecador devela la grandeza de la dignidad del hijo, quien siempre es un niño de Dios y tiene derecho a su amor. En la misericordia, percibe Juan Pablo II "la relación de desigualdad" entre Dios, quien regala, y el hombre, que recibe Su bondad. La misericordia hace que el hijo pródigo, quien recupera nuevamente su dignidad de hijo, no experimente humillación. Responde al gran amor de Dios con la actitud de convertirse, la cual es el fruto de la misericordia DM 6).
La revelación completa de la misericordia de Dios, es la muerte y resurrección de Jesús. El misterio pascual demuestra la magnitud del amor de Dios hacia el hombre, el cual "no escatimó a su hijo" (2 Cor 5, 21). Gracias al misterio de la Cruz, Dios revela la profundidad de su amor, la cual está presente en el comienzo de la creación del hombre y de los actos de la redención: "Dios, a quien reveló Jesús, se queda no sólo en constante unión con el mundo, como Creador, definitiva fuente de existencia. Es un amor que no sólo produce bondad, sino que conduce a tomar parte en la propia vida de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo" (DM 7). En la muerte de Cristo, Dios está cerca del hombre, dándose a sí mismo para que el hombre pueda tomar parte en Su vida. El amor misericordioso, es más fuerte que el pecado y la muerte. Gracias a la actuación del Espíritu Santo, el hombre se abre para que la misericordia actúe , y percibe su dignidad, la cual le da la posibilidad de unirse a Cristo.
Los sacramentos son el punto de encuentro con la misericordia de Dios, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía, en las cuales el cristiano palpa el amor misericordioso de Dios. Juan Pablo II subraya que la Iglesia, fiel a Jesucristo, como primera tarea de su misión en el mundo, debe ser dar testimonio de la Misericordia de Dios (DM 12).

viernes, 21 de agosto de 2015

La Misericordia de Dios en las enseñanzas del Santo Padre Juan Pablo II – Jan Machniak (1 de 4)


“La verdad sobre la Divina Misericordia que constituye el motivo central del pontificado de Juan Pablo II, apareció en sus enseñanzas ya en el comienzo del mismo, en la encíclica Dives in Misericordia ("Dios rico en misericordia" - 1981). El documento papal, junto con la encíclica Redemptor Hominis ("Redentor del hombre" – 1978), y Dominum et vivificantem ("Señor y vivificador" – 1983) constituye parte de la gran trilogía dogmática en la cual el Papa le habla al hombre contemporáneo sobre Dios revelándose al hombre como Santísima Trinidad – Padre, Hijo, y Espíritu Santo. La misericordia es la llave para comprender el misterio de Dios y del hombre. Caracteriza a Dios revelándose al hombre en la Historia de la Salvación. Es el principal tema de las enseñanzas de Jesús y queda totalmente demostrada en el misterio de la salvación, en Su muerte y Resurrección. La misericordia es al mismo tiempo una oportunidad especial para el hombre, porque a través de ella puede experimentar la cercanía de Dios, Quién es misericordioso.

Durante la beatificación de Sor Faustina Kowalska, el Segundo Domingo de Pascua, 18 de abril de 1993, en Roma, Juan Pablo II subrayó, que el misterio de la Divina Misericordia, que fue recordada a todo el mundo por Dios a través de la humilde religiosa polaca es "una profética llamada al mundo". Para toda la humanidad cansada por las terribles guerras, la manifestación de la misericordia, se convirtió en un signo de esperanza que señala la presencia de Dios derramando misericordia y la posibilidad del renacimiento espiritual del hombre. La canonización de Sor Faustina Kowalska el 30 de abril de 2000 en Roma, tuvo un significado especial, porque a través de este acto, Juan Pablo II transmitió la manifestación de la misericordia a todo el mundo como un puente que une el segundo milenio del cristianismo con el nuevo siglo. Recordó igualmente, que la Divina Misericordia, es una oportunidad poco común para el renacimiento de toda la humanidad: "La humanidad no encontrará la paz, hasta que no se vuelva hacia la Divina Misericordia" (Dz). La manifestación de la Misericordia permite leer nuevamente el Evangelio sobre la Divina Misericordia, a la luz de la cual, el hombre no sólo experimenta la misericordia, recibiéndola de Dios, sino que es al mismo tiempo capaz de compartir ésta Misericordia con otros (DM 14).


El segundo domingo de Pascua, "Domingo de la Misericordia" Juan Pablo II puso su acento en la proclamación de que la Misericordia es la oportunidad de conocer "el verdadero Rostro de Dios, y verdadero rostro del hombre" (Homilia de canonización 5¨). La manifestación de la Misericordia es al mismo tiempo un recordatorio al mundo sobre la dignidad y el valor de cada hombre, por el cual Cristo entregó su vida.

Durante la canonización de Santa Faustina Kowalska, Juan Pablo II, subrayó claramente, que la manifestación de la Misericordia proclamada continuamente por la Iglesia y recordada gracias a las apariciones a Sor Faustina, se convierte hoy en una parte de la experiencia del hombre perdido entre las distintas ideologías y corrientes de pensamiento de fines del siglo XX y principios del siglo XXI. En el Misterio de la Divina Misericordia, el cristiano encuentra el verdadero Rostro de Dios, cercano al hombre, y el verdadero rostro del hombre, necesitado de Misericordia, y listo para ser Misericordioso. (1) El Santo Padre volvía a estos pensamientos muchas veces, cuando polemizaba con "la teología de la muerte de Dios" o también cuando demostraba los errores de los totalitarismos contemporáneos, los cuales se esfuerzan por quitar a Dios de la Historia de la Humanidad.

Durante la Consagración de la Basílica de la Divina Misericordia en Cracovia, Juan Pablo II una vez más subrayó que el mundo contemporáneo necesita a la Divina Misericordia. Y además le dio a la Iglesia, la misión de acercar al mundo el misterio de la Misericordia de Dios: "por eso hoy, en este santuario, quiero realizar el acto solemne de confiarle el mundo a la Divina Misericordia. Realizo esto con un anhelo ferviente de que la manifestación del Amor Misericordioso de Dios, que quedó aquí expresado por medio de Santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la Tierra, y llene sus corazones con esperanza. Que éste mensaje se propague desde este lugar hacia toda nuestra amada patria, y al mundo entero. Que se cumpla la promesa a la que se comprometió Jesús, que de aquí debe salir "la chispa que va a preparar al mundo para Su última venida" (por. Dz 1732). Hay que encender esta chispa de Gracia de Dios. Hay que transmitirle al mundo el fuego de la Misericordia. ¡En la misericordia Divina el mundo encontrará la paz y el hombre la felicidad! Les confío esta misión a ustedes, queridos hermanos y hermanas, e Iglesia de Cracovia y de Polonia, y a todos los que veneran a la Divina Misericordia, a quienes vendrán aquí de Polonia, y de todo el mundo" (2).

El tema de la Divina Misericordia apareció en las enseñanzas de Juan Pablo II nuevamente en la Carta Apostólica Novo Millenio Inneunte, publicada en los umbrales del tercer milenio del cristianismo (6.1.2001), como "idea de misericordia". El Papa escribía sobre la idea de la misericordia en el contexto de una Europa que se estaba uniendo. Este planteo se convirtió en materia de reflexión en el sínodo de obispos en octubre de 1999, el cual preparó El Gran Jubileo del año 2000. El fruto de las deliberaciones del sínodo fue la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa (28.6.2003). Este tema parece sugerir unos cuantos hilos de pensamiento que comprenden toda la enseñanza del Santo Padre, cuya clave es la verdad sobre la Misericordia de Dios.

El aceptar la cuestión de la Divina Misericordia en las enseñanzas de Juan Pablo II, exige presentar el problema del misterio de Dios, que se revela en el Antiguo y Nuevo Testamento, el cual en su escencia es misericordioso. El Papa da una interpretación de Dios muy original que se revela como Padre de la Misericordia en toda la historia de la Salvación. El misterio de la misericordia le permite al hombre comprenderse a si mismo, y realizar su vocación. Al mismo tiempo le hace tomar conciencia de que necesita constantemente de la misericordia y de que es capaz de ser misericordioso con el prójimo. Esta hipótesis de Juan Pablo II dirige nuestra atención hacia el misterio de Dios revelador de Su misericordia en el Antiguo Testamento y en Cristo, siendo en su totalidad la revelación del Padre en la Nueva Alianza, como también en las formas de la realización de la Misericordia por los discípulos de Cristo.


viernes, 22 de mayo de 2015

El misterio de la misericordia de Dios en la Revelación


En la Encíclica Dives in misericordia el Papa Juan Pablo II, siguiendo la
Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, recuerda que Jesucristo
es la plenitud de la “revelación del misterio del Padre y de su amor” (GS 22). La
revelación de Dios es el misterio del amor (1Jn 4,16. 18), el cual une en la unidad al
Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Es el amor que se comparte con cada criatura, porque
su naturaleza consiste en regalar. Se revela al hombre en la Historia de la Salvación
como el Creador y Señor de toda la creación, quien es el buen Padre y el Dador de la
vida (cfr Gn 1 – 2; cfr Col 1, 15 – 20). En Él el hombre encuentra su realización.
La experiencia fundamental de la misericordia en la Historia de Israel, a la cual
se remite Juan Pablo II (DM 4), es el acontecimiento que tuvo lugar durante el éxodo
del pueblo elegido de la esclavitud de Egipto. Dios, viendo el sufrimiento de su pueblo,
se apiadó de su infortunio y lo liberó de las manos de sus perseguidores. En la
experiencia del éxodo está arraigada la confianza de los israelitas en la misericordia de
Dios, que supera cualquier pecado y miseria del hombre. En aquel momento de los
hechos Dios, Creador del hombre y Señor del mundo, reveló toda la verdad de sí
mismo: “Yahvé pasó por delante de él y exclamó: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso
y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil
generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado…(Ex 34, 6 – 7). En este
acontecimiento Dios reveló la verdad fundamental de que cada hombre, que era
culpable por el pecado y se había apartado de su Creador, podía encontrar la razón para
volver y dirigirse con la petición del perdón (Nm 14, 18; Cro30, 9; Neh 9, 17; Sal 86,
15; Sap 15, 1; Eclo 2, 11; Job 2, 13). El Papa recuerda que Dios reveló su misericordia
desde el principio de la historia por medio de palabras y de obras descubriendo las
diferentes dimensiones de su amor hacia el hombre.
La misericordia de Dios revelada en la Antigua Alianza, observa el Papa en la
Encíclica Dives in misericordia, es un paradigma del amor de Dios hacia el hombre, que
abarca diferentes “matices del amor”. Es el amor paternal, que resulta del hecho de
haber dado la vida, porque Dios es el Padre de Israel (Is 63, 16), y el pueblo elegido es
su hijo amado (Ex 4, 22). Es también su Esposo e Israel su esposa amada (Os 2, 3). Su
amor se revela como compasión y perdón magnánimo, cuando el Pueblo Elegido no
mantiene la fidelidad (Os 11, 7 – 9; Jer 31, 20; Is 54, 7). Los salmistas lo llaman Dios
del amor, clemente, fiel y misericordioso (Sal 103; 145). La experiencia de la
misericordia de Dios nace en el diálogo interno del hombre con su Creador y Padre.
En la Encíclica Dives in misericordia Juan Pablo II, remontándose a la Historia
de la Salvación, recuerda la presencia incesante de Dios entre la gente. La misericordia
del Padre, revelada por Jesucristo, está presente en la Antigua Alianza, en la historia del
pueblo elegido, que conservó la fe en el único Dios. El Dios Yahve, el Creador del
mundo y del hombre, se da a conocer a Moisés como misericordia. Dios mismo, de
forma solemne se presenta: “Descendió Yahvé en forma de nube y (moisés) se puso allí
junto a Él e invocó el nombre de Yahvé. Yahvé pasó por delante de él y exclamó:
“Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y
fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía
y el pecado…(Ex 34, 5 – 7). En la misericordia, como lo subraya Juan Pablo II, (DM 4),
surgen diferentes aspectos del amor de Dios hacia el hombre: La bondad, la
benevolencia, la gracia, la fidelidad, la ternura y la compasión propia de la madre, la
magnanimidad y la benevolencia así como la clemencia, dejar marchar al adversario y
perdonarle . La misericordia, comprendida como la revelación del amor de Dios hacia el
hombre, se une de forma indisoluble con la obra de la creación uniendo al Dios Creador
con el hombre que es su criatura (DM 4). Como observa el Santo Padre, es propio de la
naturaleza del amor el no poder odiar ni desear el mal a quien obsequió con la plenitud
de los bienes.
El misterio del amor misericordioso lo conservó el pueblo elegido, amonestado
en sus acciones por los profetas y animado a la apertura de su corazón al Dios de la
misericordia (Is 54, 10; Jer 31, 3). La misericordia experimentada por los israelitas era
“el contenido de la intimidad con su Señor” (DM 4) especialmente en estos momentos,
cuando le faltaba la fidelidad a la Alianza.
Cada hombre, observa Juan Pablo II en Dives in misericordia, es capaz de
descubrir a Dios en la naturaleza y en el universo a través de sus “atributos invisibles”
(Rm 1, 20). El conocimiento indirecto no permite sin embargo la visión plena de Dios.
La revelación del amor en Jesucristo conduce a Dios “en el misterio insondable de su
esencia” (DM 2; 1 Tim 6, 16). Jesucristo muestra al Dios de la misericordia en las
parábolas de la oveja perdida y de la dracma (Lc 15, 1 – 10), y especialmente en la
parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11 – 32). Esta parábola muestra en primer lugar la
grandeza del amor del Padre, dispuesto a perdonar y a obsequiar de nuevo. Juan Pablo II
extrae aún más de ella la dignidad del hijo pródigo, que resplandece de nuevo gracias a
la misericordia del Padre. Dios aparece como fiel a su paternidad: “Tal amor es capaz de
inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda
miseria moral o pecado” (DM 6). La grandeza del amor de Dios hacia el hombre
pecador desvela la grandeza de la dignidad del hijo, que siempre es el hijo de Dios y
tiene derecho a su amor. Juan Pablo II percibe en la misericordia “la relación de la
desigualdad” entre Dios, quien obsequia, y el hombre, que recibe su bondad. Sin
embargo la misericordia propicia que el hijo pródigo, recibiendo la dignidad de hijo, no
se sienta humillado. Al gran amor de Dios corresponde con la actitud de la conversión,
que es el fruto de la misericordia (DM 6).
La revelación plena de la misericordia de Dios es la muerte y la resurreción de
Cristo. El misterio pascual muestra la grandeza del amor de Dios hacia el hombre, que
“no ahorró a su propio Hijo” (2 Cor 5, 21). Gracias al misterio de la cruz Dios muestra
la profundidad de su amor, que está en el principio de la creación del hombre y de la
obra de la Redención: “Dios, tal como Cristo ha revelado, no permanece solamente en
estrecha vinculación con el mundo, en cuanto Creador y fuente última de la existencia.
Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la vida misma de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo” (DM 7). En la muerte de Cristo Dios está cerca del
hombre dándose a sí mismo, para que el hombre pueda tener parte en su vida. El amor
misericordioso es más fuerte que el pecado y que la muerte. Gracias a la actuación del
Espíritu santo el hombre se abre a la actuación de la misericordia y percibe su dignidad,
que le da la posibilidad de la unificación con Cristo.
El lugar del encuentro con la misericordia de Dios son los sacramentos, sobre
todo la Penitencia y la Eucaristía, en los cuales el cristiano toca el amor misericordioso
de Dios. La Iglesia, fiel a Jesucristo, destaca Juan Pablo II, tiene que dar testimonio de

la Divina Misericordia como el primer deber de su misión en el mundo (DM 12).

martes, 12 de mayo de 2015

Rafael Gomez Perez : Redemptor Hominis “La suerte inestimable de ser cristiano” (2 de 2)

El materialismo, raíz de las injusticias
Humanamente visto, el panorama no es fácil. Los caminos del hombre, hoy, son muchas veces tortuosos. Juan Pablo II, en tres grandes apartados de la tercera parte de Redemptor hominis (De qué tiene miedo el hombre contemporáneo, ¿Progreso o amenaza? , Derechos del hombre: 'letra' o 'espíritu') traza un resumen rápido y denso. El hombre tiene miedo a lo que produce; trata mal lo natural y se lamenta, pero no desiste de esa conducta contraria a la voluntad del Creador; se queja de los egoísmos sin intentar superarlos; idolatra el consumo de bienes a la vez que, con un disgusto materialista, siente que con eso aumenta su intranquilidad esencial.
Este materialismo, que el Papa no califica ni distingue ideológica o políticamente, es siempre la raíz de las injusticias, de que los derechos humanos se queden en "letra" y no sean realidad desde dentro del espíritu.
La Iglesia "el conjunto de todos los que integran la comunidad fundada Ppor Cristo y confiada al cuidado de Pedro- sabe muy bien cuáles son las inquietudes del hombre: "En esta inquietud creadora bate y pulsa 1o que es más profundamente humano: la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de la libertad, la nostalgia de lo bello , la voz de la conciencia" (n.18).
Todo esto es tan grande -es lo humano, algo que estremece- que no puede ser mirado con superficialidad. "La Iglesia, tratando de mirar al hombre como «con los ojos de Cristo mismo», se hace cada vez más consciente de ser la custodia de un gran tesoro que no le es lícito estropear, sino que debe crecer continuamente... El tesoro de la humanidad, enriquecido por el inefable misterio de la filiación divina" (n. 18).
El hombre, hijo de Dios
El ser hijos de Dios comunica al hombre la verdad de Dios –eso es la fe-, los caminos para "volver " al Padre -y eso son los sacramentos-, todo en cumplimiento del designio divino para cada hombre: su vocación. La cuarta parte de la encíclica es un maravilloso retablo de estas verdades cristianas.
Todos en la Iglesia somos responsables de la verdad: "Cristo mismo, para garantizar la fidelidad a la verdad divina, prometió a la Iglesia la asistencia especial del Espíritu de verdad, dio el don de la infalibilidad a aquellos quienes ha confiado el mandato de transmitir esta verdad y de enseñarla –como había definido ya claramente el Concilio Vaticano I y, después, repitió el concilio Vaticano II-, y dotó, además, a todo el pueblo de Dios un especial sentido de la fe" (n.19). No somos ni "fabricadores" ni "acomodadores" de la Verdad, sino servidores.
Con la fe; los sacramentos, en especial la Eucaristía y la Penitencia. En la Eucaristía "se renueva continuamente, por voluntad de Cristo, el misterio del Sacrificio que El hizo de sí mismo al Padre sobre el altar de la Cruz" (n. 20). Por eso, "todos en la Iglesia, pero sobre todo los Obispos y los sacerdotes, deben vigilar para que este sacramento de amor sea el centro de la vida del pueblo de Dios, para que, a través de todas las manifestaciones del culto debido, se procure devolver a Cristo «amor por amor»" (n.20).
Sobre el sacramento de la Penitencia, Juan Pablo II reitera la fe de la Iglesia: "Aunque la comunidad fraterna de los fieles que participan en la celebración penitencial ayude mucho al acto de la conversión personal, sin embargo, en definitiva, es necesario que en este acto se pronuncie el individuo mismo, con toda la profundidad de su conciencia, con todo el sentido de su culpabilidad y de su confianza en Dios, poniéndose ante El, como el salmista, para confesar: 'contra ti solo he pecado' (Salmo 50 (51), 6)".
La exigencia de la fidelidad
Se va realizando así la vocación de cada cristiano. Cada uno tiene el propio don, la propia función, pero a todos llega la exigencia de la fidelidad. Juan Pablo II se refiere explícitamente a los esposos:"En la fidelidad a la propia vocación deben distinguirse los esposos, como exige la naturaleza indisoluble de la institución sacramental del matrimonio". Después a los sacerdotes: "En una línea de similar fidelidad a su propia vocación deben distinguirse los sacerdotes, dado el carácter indeleble que el sacramento del Orden imprime en sus almas. Recibiendo este sacramento, nosotros en la Iglesia latina nos comprometemos, consciente y libremente, a vivir el celibato y, por lo tanto, cada uno de nosotros debe hacer todo lo posible, con la gracia de Dios, para ser agradecido a este don y fiel al vínculo aceptado para siempre" (n.21).
La encíclica termina con un amplio apartado sobre Santa María, Madre de la Iglesia. "María debe encontrarse en todas las vías de la vida cotidiana de la Iglesia" (n.22). La devoción a la Virgen, camino real de la vida de los cristianos, encuentra en estas palabras del Papa un nuevo estímulo, además de la confirmación de su perpetua vigencia.
"¡No temáis!". Así empezó el pontificado de Juan Pablo II. Ahora, en esta primera encíclica, el pensamiento se completa: porque Cristo redime, sólo Él libera. Tenemos no sólo la condición, sino la suerte inestimable de ser cristiano. Si la historia es muchas veces oscura. Cristo es luz siempre. Está siempre ahí, Redemptor hominis, dando la libertad con Verdad.
Por Rafael Gómez Pérez.

Aceprensa, servicio 43/79 (21 marzo 1979)

Rafael Gomez Perez : Redemptor Hominis “La suerte inestimable de ser cristiano” (1 de 2)

En una de sus audiencias públicas, Juan Pablo II se refería a "la suerte inestimable de ser cristiano". Esa es la impresión que prevalece después de la lectura de Redemptor hominis. Es una suerte -una gracia- ser cristiano, como lo es contar con un Papa que, lejos de tener miedo al mundo, propone a todos los hombres la única verdad que libera: que hemos sido redimidos por Cristo. Este comentario quiere ser sólo una invitación a la lectura y a la meditación de esta carta llena de esperanza y de lúcida alegría. 
"A través de la Encarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva" (n.1). Esto se lee ya en el principio de la encíclica. Cristo es lo definitivo- no hay que esperar que nada ni nadie, salvo Él, nos libere. La historia puede estar llena de incertidumbres y en la Iglesia pueden existir, con las luces, las sombras. Pero nada de eso es motivo para la tristeza: estamos ya asistiendo a "esta nueva ola de la vida de la Iglesia, mucho más potente que los síntomas de duda, de derrumbamiento y de crisis" (n.5).
La única dirección
En todos los tiempos, los cristianos se han planteado la pregunta: ¿como seguir adelante? ¿qué hacer? Porque en todos los tiempos ha habido dudas, dificultades. Contesta el Papa: "la única orientación del espíritu, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre! hacia Cristo, Redentor del mundo. A El nosotros queremos mirar porque solo en El, Hijo de Dios, hay salvación" (n.7).
La Redención aparece así, en toda su profundidad, como una nueva creación. Juan Pablo II cita al Génesis para recordar como Dios vio el mundo, después de haberlo creado, y le pareció "muy bueno". Si la bondad del mundo sólo se estropea por el pecado del hombre, la Redención, que borra el pecado, hace todo óptimo. De ahí el optimismo fundamental del cristiano. si se está con lo Óptimo -que es Cristo-, ¿cómo idolatrar el pensamiento de lo peor y de lo pésimo, ser pesimista?
Y se está efectivamente con Cristo, porque la Encarnación significa esto: que la naturaleza humana - asumida por el Verbo, no absorbida- ha sido elevada a una dignidad sin igual. Juan Pablo II, recogiendo una vez más la doctrina del Concilio Vaticano II, cita este texto espléndido: Cristo "trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (Gaudium et spes , 22) (n.8).
La fuerza de la verdad
Se explica ahora por qué, teniendo lo mejor -por gracia, no por mérito-, sería absurdo "cambiarlo", "tergiversarlo". "Es cosa noble estar predispuestos a comprender a todo hombre, a analizar todo sistema, a dar razón a todo lo que es justo; pero esto no significa absolutamente perder la certeza de la propia fe o debilitar los principios de la moral" (n.6). Y se explica por qué "el cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas, y particularmente en la nuestra, es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús" (n.10).
La encíclica suscitará, en algunos, un resentido silencio; en otros, un ataque disfrazado. El Papa no lo ignora. Lee, sencillamente, el Evangelio: "el reino de los cielos está en tensión y los esforzados lo arrebatan" (Mateo, 11,12).

La violencia inerme de los pacíficos es lo único que libera. Porque el pacífico no tiene más fuerza que la de la verdad. "« Conoceréis la verdad y la verdad os liberará» (Juan 8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y, al mismo tiempo, una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad del hombre" (n. 12).

(Rafael Gomez Perez,  Aceprensa, servicio 43/79 (21 marzo 1979)