El objetivo de este blog es dar a conocer las Encíclicas de San Juan Pablo II y publicar comentarios acerca de ellas escritos por autores de prestigio para que el material sea fuente de inspiración, meditación y estudio.

viernes, 22 de mayo de 2015

El misterio de la misericordia de Dios en la Revelación


En la Encíclica Dives in misericordia el Papa Juan Pablo II, siguiendo la
Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, recuerda que Jesucristo
es la plenitud de la “revelación del misterio del Padre y de su amor” (GS 22). La
revelación de Dios es el misterio del amor (1Jn 4,16. 18), el cual une en la unidad al
Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Es el amor que se comparte con cada criatura, porque
su naturaleza consiste en regalar. Se revela al hombre en la Historia de la Salvación
como el Creador y Señor de toda la creación, quien es el buen Padre y el Dador de la
vida (cfr Gn 1 – 2; cfr Col 1, 15 – 20). En Él el hombre encuentra su realización.
La experiencia fundamental de la misericordia en la Historia de Israel, a la cual
se remite Juan Pablo II (DM 4), es el acontecimiento que tuvo lugar durante el éxodo
del pueblo elegido de la esclavitud de Egipto. Dios, viendo el sufrimiento de su pueblo,
se apiadó de su infortunio y lo liberó de las manos de sus perseguidores. En la
experiencia del éxodo está arraigada la confianza de los israelitas en la misericordia de
Dios, que supera cualquier pecado y miseria del hombre. En aquel momento de los
hechos Dios, Creador del hombre y Señor del mundo, reveló toda la verdad de sí
mismo: “Yahvé pasó por delante de él y exclamó: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso
y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil
generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado…(Ex 34, 6 – 7). En este
acontecimiento Dios reveló la verdad fundamental de que cada hombre, que era
culpable por el pecado y se había apartado de su Creador, podía encontrar la razón para
volver y dirigirse con la petición del perdón (Nm 14, 18; Cro30, 9; Neh 9, 17; Sal 86,
15; Sap 15, 1; Eclo 2, 11; Job 2, 13). El Papa recuerda que Dios reveló su misericordia
desde el principio de la historia por medio de palabras y de obras descubriendo las
diferentes dimensiones de su amor hacia el hombre.
La misericordia de Dios revelada en la Antigua Alianza, observa el Papa en la
Encíclica Dives in misericordia, es un paradigma del amor de Dios hacia el hombre, que
abarca diferentes “matices del amor”. Es el amor paternal, que resulta del hecho de
haber dado la vida, porque Dios es el Padre de Israel (Is 63, 16), y el pueblo elegido es
su hijo amado (Ex 4, 22). Es también su Esposo e Israel su esposa amada (Os 2, 3). Su
amor se revela como compasión y perdón magnánimo, cuando el Pueblo Elegido no
mantiene la fidelidad (Os 11, 7 – 9; Jer 31, 20; Is 54, 7). Los salmistas lo llaman Dios
del amor, clemente, fiel y misericordioso (Sal 103; 145). La experiencia de la
misericordia de Dios nace en el diálogo interno del hombre con su Creador y Padre.
En la Encíclica Dives in misericordia Juan Pablo II, remontándose a la Historia
de la Salvación, recuerda la presencia incesante de Dios entre la gente. La misericordia
del Padre, revelada por Jesucristo, está presente en la Antigua Alianza, en la historia del
pueblo elegido, que conservó la fe en el único Dios. El Dios Yahve, el Creador del
mundo y del hombre, se da a conocer a Moisés como misericordia. Dios mismo, de
forma solemne se presenta: “Descendió Yahvé en forma de nube y (moisés) se puso allí
junto a Él e invocó el nombre de Yahvé. Yahvé pasó por delante de él y exclamó:
“Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y
fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía
y el pecado…(Ex 34, 5 – 7). En la misericordia, como lo subraya Juan Pablo II, (DM 4),
surgen diferentes aspectos del amor de Dios hacia el hombre: La bondad, la
benevolencia, la gracia, la fidelidad, la ternura y la compasión propia de la madre, la
magnanimidad y la benevolencia así como la clemencia, dejar marchar al adversario y
perdonarle . La misericordia, comprendida como la revelación del amor de Dios hacia el
hombre, se une de forma indisoluble con la obra de la creación uniendo al Dios Creador
con el hombre que es su criatura (DM 4). Como observa el Santo Padre, es propio de la
naturaleza del amor el no poder odiar ni desear el mal a quien obsequió con la plenitud
de los bienes.
El misterio del amor misericordioso lo conservó el pueblo elegido, amonestado
en sus acciones por los profetas y animado a la apertura de su corazón al Dios de la
misericordia (Is 54, 10; Jer 31, 3). La misericordia experimentada por los israelitas era
“el contenido de la intimidad con su Señor” (DM 4) especialmente en estos momentos,
cuando le faltaba la fidelidad a la Alianza.
Cada hombre, observa Juan Pablo II en Dives in misericordia, es capaz de
descubrir a Dios en la naturaleza y en el universo a través de sus “atributos invisibles”
(Rm 1, 20). El conocimiento indirecto no permite sin embargo la visión plena de Dios.
La revelación del amor en Jesucristo conduce a Dios “en el misterio insondable de su
esencia” (DM 2; 1 Tim 6, 16). Jesucristo muestra al Dios de la misericordia en las
parábolas de la oveja perdida y de la dracma (Lc 15, 1 – 10), y especialmente en la
parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11 – 32). Esta parábola muestra en primer lugar la
grandeza del amor del Padre, dispuesto a perdonar y a obsequiar de nuevo. Juan Pablo II
extrae aún más de ella la dignidad del hijo pródigo, que resplandece de nuevo gracias a
la misericordia del Padre. Dios aparece como fiel a su paternidad: “Tal amor es capaz de
inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda
miseria moral o pecado” (DM 6). La grandeza del amor de Dios hacia el hombre
pecador desvela la grandeza de la dignidad del hijo, que siempre es el hijo de Dios y
tiene derecho a su amor. Juan Pablo II percibe en la misericordia “la relación de la
desigualdad” entre Dios, quien obsequia, y el hombre, que recibe su bondad. Sin
embargo la misericordia propicia que el hijo pródigo, recibiendo la dignidad de hijo, no
se sienta humillado. Al gran amor de Dios corresponde con la actitud de la conversión,
que es el fruto de la misericordia (DM 6).
La revelación plena de la misericordia de Dios es la muerte y la resurreción de
Cristo. El misterio pascual muestra la grandeza del amor de Dios hacia el hombre, que
“no ahorró a su propio Hijo” (2 Cor 5, 21). Gracias al misterio de la cruz Dios muestra
la profundidad de su amor, que está en el principio de la creación del hombre y de la
obra de la Redención: “Dios, tal como Cristo ha revelado, no permanece solamente en
estrecha vinculación con el mundo, en cuanto Creador y fuente última de la existencia.
Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la vida misma de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo” (DM 7). En la muerte de Cristo Dios está cerca del
hombre dándose a sí mismo, para que el hombre pueda tener parte en su vida. El amor
misericordioso es más fuerte que el pecado y que la muerte. Gracias a la actuación del
Espíritu santo el hombre se abre a la actuación de la misericordia y percibe su dignidad,
que le da la posibilidad de la unificación con Cristo.
El lugar del encuentro con la misericordia de Dios son los sacramentos, sobre
todo la Penitencia y la Eucaristía, en los cuales el cristiano toca el amor misericordioso
de Dios. La Iglesia, fiel a Jesucristo, destaca Juan Pablo II, tiene que dar testimonio de

la Divina Misericordia como el primer deber de su misión en el mundo (DM 12).

martes, 12 de mayo de 2015

Rafael Gomez Perez : Redemptor Hominis “La suerte inestimable de ser cristiano” (2 de 2)

El materialismo, raíz de las injusticias
Humanamente visto, el panorama no es fácil. Los caminos del hombre, hoy, son muchas veces tortuosos. Juan Pablo II, en tres grandes apartados de la tercera parte de Redemptor hominis (De qué tiene miedo el hombre contemporáneo, ¿Progreso o amenaza? , Derechos del hombre: 'letra' o 'espíritu') traza un resumen rápido y denso. El hombre tiene miedo a lo que produce; trata mal lo natural y se lamenta, pero no desiste de esa conducta contraria a la voluntad del Creador; se queja de los egoísmos sin intentar superarlos; idolatra el consumo de bienes a la vez que, con un disgusto materialista, siente que con eso aumenta su intranquilidad esencial.
Este materialismo, que el Papa no califica ni distingue ideológica o políticamente, es siempre la raíz de las injusticias, de que los derechos humanos se queden en "letra" y no sean realidad desde dentro del espíritu.
La Iglesia "el conjunto de todos los que integran la comunidad fundada Ppor Cristo y confiada al cuidado de Pedro- sabe muy bien cuáles son las inquietudes del hombre: "En esta inquietud creadora bate y pulsa 1o que es más profundamente humano: la búsqueda de la verdad, la insaciable necesidad del bien, el hambre de la libertad, la nostalgia de lo bello , la voz de la conciencia" (n.18).
Todo esto es tan grande -es lo humano, algo que estremece- que no puede ser mirado con superficialidad. "La Iglesia, tratando de mirar al hombre como «con los ojos de Cristo mismo», se hace cada vez más consciente de ser la custodia de un gran tesoro que no le es lícito estropear, sino que debe crecer continuamente... El tesoro de la humanidad, enriquecido por el inefable misterio de la filiación divina" (n. 18).
El hombre, hijo de Dios
El ser hijos de Dios comunica al hombre la verdad de Dios –eso es la fe-, los caminos para "volver " al Padre -y eso son los sacramentos-, todo en cumplimiento del designio divino para cada hombre: su vocación. La cuarta parte de la encíclica es un maravilloso retablo de estas verdades cristianas.
Todos en la Iglesia somos responsables de la verdad: "Cristo mismo, para garantizar la fidelidad a la verdad divina, prometió a la Iglesia la asistencia especial del Espíritu de verdad, dio el don de la infalibilidad a aquellos quienes ha confiado el mandato de transmitir esta verdad y de enseñarla –como había definido ya claramente el Concilio Vaticano I y, después, repitió el concilio Vaticano II-, y dotó, además, a todo el pueblo de Dios un especial sentido de la fe" (n.19). No somos ni "fabricadores" ni "acomodadores" de la Verdad, sino servidores.
Con la fe; los sacramentos, en especial la Eucaristía y la Penitencia. En la Eucaristía "se renueva continuamente, por voluntad de Cristo, el misterio del Sacrificio que El hizo de sí mismo al Padre sobre el altar de la Cruz" (n. 20). Por eso, "todos en la Iglesia, pero sobre todo los Obispos y los sacerdotes, deben vigilar para que este sacramento de amor sea el centro de la vida del pueblo de Dios, para que, a través de todas las manifestaciones del culto debido, se procure devolver a Cristo «amor por amor»" (n.20).
Sobre el sacramento de la Penitencia, Juan Pablo II reitera la fe de la Iglesia: "Aunque la comunidad fraterna de los fieles que participan en la celebración penitencial ayude mucho al acto de la conversión personal, sin embargo, en definitiva, es necesario que en este acto se pronuncie el individuo mismo, con toda la profundidad de su conciencia, con todo el sentido de su culpabilidad y de su confianza en Dios, poniéndose ante El, como el salmista, para confesar: 'contra ti solo he pecado' (Salmo 50 (51), 6)".
La exigencia de la fidelidad
Se va realizando así la vocación de cada cristiano. Cada uno tiene el propio don, la propia función, pero a todos llega la exigencia de la fidelidad. Juan Pablo II se refiere explícitamente a los esposos:"En la fidelidad a la propia vocación deben distinguirse los esposos, como exige la naturaleza indisoluble de la institución sacramental del matrimonio". Después a los sacerdotes: "En una línea de similar fidelidad a su propia vocación deben distinguirse los sacerdotes, dado el carácter indeleble que el sacramento del Orden imprime en sus almas. Recibiendo este sacramento, nosotros en la Iglesia latina nos comprometemos, consciente y libremente, a vivir el celibato y, por lo tanto, cada uno de nosotros debe hacer todo lo posible, con la gracia de Dios, para ser agradecido a este don y fiel al vínculo aceptado para siempre" (n.21).
La encíclica termina con un amplio apartado sobre Santa María, Madre de la Iglesia. "María debe encontrarse en todas las vías de la vida cotidiana de la Iglesia" (n.22). La devoción a la Virgen, camino real de la vida de los cristianos, encuentra en estas palabras del Papa un nuevo estímulo, además de la confirmación de su perpetua vigencia.
"¡No temáis!". Así empezó el pontificado de Juan Pablo II. Ahora, en esta primera encíclica, el pensamiento se completa: porque Cristo redime, sólo Él libera. Tenemos no sólo la condición, sino la suerte inestimable de ser cristiano. Si la historia es muchas veces oscura. Cristo es luz siempre. Está siempre ahí, Redemptor hominis, dando la libertad con Verdad.
Por Rafael Gómez Pérez.

Aceprensa, servicio 43/79 (21 marzo 1979)

Rafael Gomez Perez : Redemptor Hominis “La suerte inestimable de ser cristiano” (1 de 2)

En una de sus audiencias públicas, Juan Pablo II se refería a "la suerte inestimable de ser cristiano". Esa es la impresión que prevalece después de la lectura de Redemptor hominis. Es una suerte -una gracia- ser cristiano, como lo es contar con un Papa que, lejos de tener miedo al mundo, propone a todos los hombres la única verdad que libera: que hemos sido redimidos por Cristo. Este comentario quiere ser sólo una invitación a la lectura y a la meditación de esta carta llena de esperanza y de lúcida alegría. 
"A través de la Encarnación, Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos y la ha dado de manera definitiva" (n.1). Esto se lee ya en el principio de la encíclica. Cristo es lo definitivo- no hay que esperar que nada ni nadie, salvo Él, nos libere. La historia puede estar llena de incertidumbres y en la Iglesia pueden existir, con las luces, las sombras. Pero nada de eso es motivo para la tristeza: estamos ya asistiendo a "esta nueva ola de la vida de la Iglesia, mucho más potente que los síntomas de duda, de derrumbamiento y de crisis" (n.5).
La única dirección
En todos los tiempos, los cristianos se han planteado la pregunta: ¿como seguir adelante? ¿qué hacer? Porque en todos los tiempos ha habido dudas, dificultades. Contesta el Papa: "la única orientación del espíritu, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre! hacia Cristo, Redentor del mundo. A El nosotros queremos mirar porque solo en El, Hijo de Dios, hay salvación" (n.7).
La Redención aparece así, en toda su profundidad, como una nueva creación. Juan Pablo II cita al Génesis para recordar como Dios vio el mundo, después de haberlo creado, y le pareció "muy bueno". Si la bondad del mundo sólo se estropea por el pecado del hombre, la Redención, que borra el pecado, hace todo óptimo. De ahí el optimismo fundamental del cristiano. si se está con lo Óptimo -que es Cristo-, ¿cómo idolatrar el pensamiento de lo peor y de lo pésimo, ser pesimista?
Y se está efectivamente con Cristo, porque la Encarnación significa esto: que la naturaleza humana - asumida por el Verbo, no absorbida- ha sido elevada a una dignidad sin igual. Juan Pablo II, recogiendo una vez más la doctrina del Concilio Vaticano II, cita este texto espléndido: Cristo "trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (Gaudium et spes , 22) (n.8).
La fuerza de la verdad
Se explica ahora por qué, teniendo lo mejor -por gracia, no por mérito-, sería absurdo "cambiarlo", "tergiversarlo". "Es cosa noble estar predispuestos a comprender a todo hombre, a analizar todo sistema, a dar razón a todo lo que es justo; pero esto no significa absolutamente perder la certeza de la propia fe o debilitar los principios de la moral" (n.6). Y se explica por qué "el cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas, y particularmente en la nuestra, es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús" (n.10).
La encíclica suscitará, en algunos, un resentido silencio; en otros, un ataque disfrazado. El Papa no lo ignora. Lee, sencillamente, el Evangelio: "el reino de los cielos está en tensión y los esforzados lo arrebatan" (Mateo, 11,12).

La violencia inerme de los pacíficos es lo único que libera. Porque el pacífico no tiene más fuerza que la de la verdad. "« Conoceréis la verdad y la verdad os liberará» (Juan 8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y, al mismo tiempo, una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad del hombre" (n. 12).

(Rafael Gomez Perez,  Aceprensa, servicio 43/79 (21 marzo 1979)

sábado, 9 de mayo de 2015

Eduardo Briancesco: Dives in Misericordia y Redemptor Hominis (2 de 2)

CONCLUSION
“Al final de nuestro recorrido no sería quizás aventurado tratar de sintetizar el esfuerzo papal expresado a comienzos de DM y realizado en el transcurso de su redacción: «Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia: cuanto más sea, por así decirlo antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y realizarse teocéntricamente, esto es orientarse al Padre en Cristo Jesús» (n.1.p7)

Hay, pues, que esforzarse por unir estas dimensiones  «en la historia del hombre de manera orgánica y profunda» (ib). Principio fundamental y «quizás el más importante» del último Concilio cuya doctrina el Papa se propone  actuar (ib) en sus dos encíclicas RH y DM. En esta última la revelación del hombre a sì mismo en Cristo se logra «a través de una referencia cada vez más madura al Padre y a su amor» (ib)

Semjeante esfuerzo de unidad en el pensamiento parece poder condensarse, como resultado de nuestra lectura, en los siguientes puntos:

1 El Dios de la Nueva Alianza se revela indisolublemente unido al hombre pecador a través de su perdón triunfante. De tal modo ni Dios es pensable sin el hombre salvado ni el hombre sin Dios que lo enriquece con su perdón. Unidad teocéntrica-antropocéntrica, i.e. cristocéntrica.

2 Dicha unidad implica una dimensión teologal que mancomuna lenguaje, vida (=acción) y oración del hombre. Pensadas cristianamente a través de las virtudes teologales de fe, amor y esperanza, esas mismas realidades son igualmente pensables, desde un ángulo racional, en las categorías kantianas de pensamiento, acción y esperanza, tan importantes para captar el movimiento de pensamiento de RH.

3 Sigue un aspecto de unidad eclesial, que subraya cómo la relación misericordiosa Iglesia-Mundo, ambos dan y recién de acuerdo a la dialéctica constantemente presente en DM: La enseñanza de Juan Pablo II debería entroncarse aquí ocn la de Pablo VI (en especial Ecclesiam suam y Evangelii Nuntiandi) con el fin de lograr una aproximación más adecuada al problema de las relaciones entre fe y cultura.

4 En fin, unidad hermenéutica, íntimamente conectada con la anterior, cuyos efectos sobre el ejercicio del pensamiento eclesial se manifiestan a través de la lectura siempre renovada de los datos de la Escritura y la Tradición. Y con más razón, de las «tradiciones». El Magisterio y la teología católica, gracias a semejante óptica, no pueden sino lograr inmensas ventajas. Una prueba concluyente es, en su nivel y no obstante ciertas innegables limitaciones, la misma encíclica DM.

Cuanto acaba de decirse constituye, en última instancia, una serie de aproximaciones para abrir el pensamiento del cristiano a una mejor inteligencia de la imagen de Dios revelada en los evangelios.

Imagen del Padre, del Hijo y del Espíritu, que se perfila mejor, creemos, a través de la triada: revelación, acción, súplica. Un Dios (Padre) que se  manifiesta plenamente en el ser y en la vida (=acción)  de su Hijo (Cristo) y a través de la súplica que apela a la misericordia (Espíritu). EN fin, Dios de la Alianza, Trinidad que sólo se revela en las misiones divinas, invisibles y visibles, cuyo efecto «sobrenatural», más profundamente divino y humano al mismo tiempo, es el orden teologal en su triple e indivisible aspecto de fe, esperanza y caridad, i.e. de pensamiento, de súplica y de acción (interna y externa)  De semejante corriente de vida divina comunicada viven tanto la Iglesia en su conjunto como cada uno de los cristianos. Y por tanto, afirmación sorprendente pero plenamente de acurdo con la concepción pneumatológica de la Iglesia expuesta en RH, también viven de ella los hombres «de buena voluntad» presentes en el mundo.

Siendo esto así ¿quien se atrevería a negar que la doctrina de DM representa, si no una revolución, al menos un paso muy serio para enriquecer la teología católica, más aun el mismo lenguaje de la fe? El Dios de la Nueva Alianza se perfila mejor, gracia a ella, como un Dios no pensable sino entrando en la circulación de la vida de los hombres, asì como éstos no son pensables en verdad sino entrando a su vez en el círculo creador de la misma vida divina. Plena unidad, por tanto, de teología y economía; inseparabilidad, tratándose del Dios cristiano, de ser y revelación.”
Eduardo Briancesco


viernes, 1 de mayo de 2015

Eduardo Briancesco: Dives in Misericordia y Redemptor Hominis (1 de 2)


En su articulo Para mejor comprender la "Dives in Misericordia" Mons. Eduardo Briancesco nos brinda un detallado, original y profundo estudio acerca de las primeras dos Encíclicas de Juan Pablo II. 
Sin dudas, y eso lo sabíamos,  las primeras han sido fruto no solo de profundas reflexiones y vivencias  sino también de un arduo trabajo en su patria, Polonia. No por nada se decía que Juan Pablo II se había traído las primeras enciclicas bajo el brazo.   
Vayamos a lo que dice Mons. Briancesco: (solo he seleccionado unos pocos párrafos del comienzo y el final de su trabajo, para brindar una mera idea de la relación existente (conexión intima dice Briancesco) entre Redemptor Hominis y Dives in Misericordia.  Por supuesto quien este dedicado a estas dos enciclicas en profundidad deberá leer el articulo completo. 

"Es un hecho que la Dives in Misericordia (=DM) ha suscitado un eco menos entusiasta que la encíclica anterior de Juan Pablo II Redemptor Hominis (=RH). Incluso entre los cristianos se ha hablado menos de ella, apenas se la ha difundido, menos aún comentado. Y cuando se lo ha hecho los resultados están lejos de ser satisfactorios. ¿Por que? Indicio quizás de que no se la ha comprendido. Peor todavía: de que creyendo haberla comprendido, dada su temática tradicional y específicamente cristiana, se la ha pasado por alto como si nada aportara de nuevo. Grave error que es necesario corregir. Para lo cual el texto debe ser sometido a un análisis atento, fruto de una serie de pacientes lecturas que se esfuercen, libres en lo posible de cualquier prejuicio, interés o moda teológica, por adentrarse en el sentido objetivo del documento. Recorrer el movimiento vivo del pensamiento de su autor, a través de la estructura del texto, permitirá dar pasos decisivos en esa dirección.

Condición indispensable de la lectura es no perder de vista la conexión íntima entre RH y DM. Explícitamente subrayada por su autor, la continuidad de ambas encíclicas es un rasgo indispensable de la intelección de sus contenidos. Así, pues, este articulo prolonga nuestro anterior estudio dedicado a RH, donde se señaló su importancia fundamental para el futuro régimen del pensamiento cristiano. En continuidad con ese aspecto, se pretende ahora mostrar la significación de DM para la cuestión del lenguaje de la fe. Del pensamiento al lenguaje, la reflexión de Juan Pablo II ofrece una contribución de primer orden para la investigación actual de la teología católica. Sobre esas huellas, se indicará, enfin, la conexión de esta doctrina con la siguiente encìclica del Papa, Laborem exercens

La presente exposición somete el documento a un método de lectura estructural practicada en diversos niveles de profundidad.Sucesivos sondeos hacen surgir, gracias a una serie de modificaciones proporcionadas por el mismo texto, ciertas condiciones de intelección tanto de la estructura textual como de la doctrina expuesta.  Ello se comprenderá mejor, esperamos, en el transcurso del análisis. A partir de ello se verá irrumpir los problemas fundamentales y las nuevas perspectivas abiertas por DM. 
He aquí el orden de la exposiciòn:
I - Lectura estructural de DM.
II - Condicionamiento humano de la revelaciòn cristiana de la misericordia.
III - Ejercicio eclesial del pensar teològico.
IV - Del anuncio evangélico a la "doctrina social".


(invito echarle un vistazo a la pagina web de la UCA con numerosas referencias a la persona y obra de Mons. Briansesco)  



viernes, 17 de abril de 2015

¡Sed testigos de la misericordia!


Oh inconcebible e insondable misericordia de Dios, ¿quién te puede adorar y exaltar de modo digno? Oh sumo atributo de Dios omnipotente, tú eres la dulce esperanza de los pecadores" (Diario, 951, ed. it. 2001, p. 341).
Amadísimos hermanos y hermanas: 
1. Repito hoy estas sencillas y sinceras palabras de santa Faustina, para adorar juntamente con ella y con todos vosotros el misterio inconcebible e insondable de la misericordia de Dios. Como ella, queremos profesar que, fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre. Deseamos repetir con fe:  Jesús, confío en ti.
De este anuncio, que expresa la confianza en el amor omnipotente de Dios, tenemos particularmente necesidad en nuestro tiempo, en el que el hombre se siente perdido ante las múltiples manifestaciones del mal. Es preciso que la invocación de la misericordia de Dios brote de lo más íntimo de los corazones llenos de sufrimiento, de temor e incertidumbre, pero, al mismo tiempo, en busca de una fuente infalible de esperanza. Por eso, venimos hoy aquí, al santuario de Lagiewniki, para redescubrir en Cristo el rostro del Padre:  de aquel que es "Padre misericordioso y Dios de toda consolación" (2 Co 1, 3). Con los ojos del alma deseamos contemplar los ojos de Jesús misericordioso, para descubrir en la profundidad de esta mirada el reflejo de su vida, así como la luz de la gracia que hemos recibido ya tantas veces, y que Dios nos reserva para todos los días y para el último día.
2. Estamos a punto de dedicar este nuevo templo a la Misericordia de Dios. Antes de este acto, quiero dar las gracias de corazóna los que han contribuido a su construcción. Doy las gracias de modo especial al cardenal Franciszek Macharski, que ha trabajado tanto por esta iniciativa, manifestando su devoción a la Misericordia divina. Abrazo con afecto a las Religiosas de la Bienaventurada Virgen María de la Misericordia y les agradezco su obra de difusión del mensaje legado por santa Faustina. Saludo a los cardenales y a los obispos de Polonia, encabezados por el cardenal primado, así como a los obispos procedentes de diversas partes del mundo. Me alegra la presencia de los sacerdotes diocesanos y religiosos, así como de los seminaristas.
Saludo de corazón a todos los que participan en esta celebración y, de modo particular, a los representantes de la Fundación del santuario de la Misericordia Divina, que se ocupó de su construcción, y a los obreros de las diversas empresas. Sé que muchos de los aquí presentes han sostenido materialmente con generosidad esta construcción. Pido a Dios que recompense su magnanimidad y su compromiso con su bendición.
3. Hermanos y hermanas, mientras dedicamos esta nueva iglesia, podemos hacernos la pregunta que afligía al rey Salomón cuando estaba consagrando como morada de Dios el templo de Jerusalén:  "¿Es que verdaderamente habitará Dios con los hombres sobre la tierra? Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta casa que yo te he construido!" (1 R 8, 27). Sí, a primera vista, vincular determinados "espacios" a la presencia de Dios podría parecer inoportuno. Sin embargo, es preciso recordar que el tiempo y el espacio pertenecen totalmente a Dios. Aunque el tiempo y todo el mundo pueden considerarse su "templo", existen tiempos y lugares que Dios elige para que en ellos los hombres experimenten de modo especial su presencia y su gracia. Y la gente, impulsada por el sentido de la fe, acude a estos lugares, segura de ponerse verdaderamente delante de Dios, presente en ellos.
Con este mismo espíritu de fe he venido a Lagiewniki, para dedicar este nuevo templo, convencido de que es un lugar especial elegido por Dios para derramar la gracia de su misericordia. Oro para que esta iglesia sea siempre un lugar de anuncio del mensaje sobre el amor misericordioso de Dios; un lugar de conversión y de penitencia; un lugar de celebración de la Eucaristía, fuente de la misericordia; un lugar de oración y de imploración asidua de la misericordia para nosotros y para el mundo. Oro con las palabras de Salomón:  "Atiende a la plegaria de tu siervo y a su petición, Señor Dios mío, y escucha el clamor y la plegaria que tu siervo hace hoy en tu presencia, que tus ojos estén abiertos día y noche sobre esta casa. (...) Oye, pues, la plegaria de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren en este lugar. Escucha tú desde el lugar de tu morada, desde el cielo, escucha y perdona" (1 R 8, 28-30).
4. "Pero llega la hora, ya está aquí, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque el Padre desea que le den culto así" (Jn 4, 23). Cuando leemos estas palabras de nuestro Señor Jesucristo en el santuario de la Misericordia Divina, nos damos cuenta de modo muy particular de que no podemos presentarnos aquí si no es en Espíritu y en verdad. Es el Espíritu Santo, Consolador y Espíritu de verdad, quien nos conduce por los caminos de la Misericordia divina. Él, convenciendo al mundo "en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16, 8), al mismo tiempo revela la plenitud de la salvación en Cristo. Este convencer en lo referente al pecado tiene lugar en una doble relación con la cruz de Cristo. Por una parte, el Espíritu Santo nos permite reconocer, mediante la cruz de Cristo, el pecado, todo pecado, en toda la dimensión del mal, que encierra y esconde en sí. Por otra, el Espíritu Santo nos permite ver, siempre mediante la cruz de Cristo, el pecado a la luz del "mysterium pietatis", es decir, del amor misericordioso e indulgente de Dios (cf. Dominum et vivificantem, 32).
Y así, el "convencer en lo referente al pecado", se transforma al mismo tiempo en un convencer de que el pecado puede ser perdonado y el hombre puede corresponder de nuevo a la dignidad de hijo predilecto de Dios. En efecto, la cruz "es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre" (Dives in misericordia, 8). La piedra angular de este santuario, tomada del monte Calvario, en cierto modo de la base de la cruz en la que Jesucristo venció el pecado y la muerte, recordará siempre esta verdad.
Creo firmemente que en este nuevo templo las personas se presentarán siempre ante Dios en Espíritu y en verdad. Vendrán con la confianza que asiste a cuantos abren humildemente su corazón a la acción misericordiosa de Dios, al amor que ni siquiera el pecado más grande puede derrotar. Aquí, en el fuego del amor divino, los corazones arderán anhelando la conversión, y todo el que busque la esperanza encontrará alivio.
5. "Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el alma y la divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por los pecados nuestros y del mundo entero; por su dolorosa pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero" (Diario, 476, ed. it., p. 193). De nosotros y del mundo entero... ¡Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo más profundo del sufrimiento humano parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde la guerra causa el dolor y la muerte de los inocentes se necesita la gracia de la misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que brote la paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre se necesita el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Se necesita la misericordia para hacer que toda injusticia en el mundo termine en el resplandor de la verdad.
Por eso hoy, en este santuario, quiero consagrar solemnemente el mundo a la Misericordia divina. Lo hago con el deseo ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, proclamado aquí a través de santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza. Que este mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al mundo. Ojalá se cumpla la firme promesa del Señor Jesús:  de aquí debe salir "la chispa que preparará al mundo para su última venida" (cf. Diario, 1732, ed. it., p. 568). Es preciso encender esta chispa de la gracia de Dios. Es preciso transmitir al mundo este fuego de la misericordia. En la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz, y el hombre, la felicidad. Os encomiendo esta tarea a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, a la Iglesia que está en Cracovia y en Polonia, y a todos los devotos de la Misericordia divina que vengan de Polonia y del mundo entero. ¡Sed testigos de la misericordia!
6. Dios, Padre misericordioso, que has revelado tu amor en tu Hijo Jesucristo y lo has derramado sobre nosotros en el Espíritu Santo, Consolador, te encomendamos hoy el destino del mundo y de todo hombre.
Inclínate hacia nosotros, pecadores; sana nuestra debilidad; derrota todo mal; haz que todos los habitantes de la tierra experimenten tu misericordia, para que en ti, Dios uno y trino, encuentren siempre la fuente de la esperanza.

Padre eterno, por la dolorosa pasión y resurrección de tu Hijo, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Amén.

miércoles, 15 de abril de 2015

«Misericordias Domini in aeternum cantabo»




1. «Misericordias Domini in aeternum cantabo»  (Sal 88, 2). Vengo a este santuario como peregrino para unirme al canto ininterrumpido en honor de la divina Misericordia. Lo había entonado el Salmista del Señor, expresando lo que todas las generaciones conservan y conservarán como fruto preciosísimo de la fe. Nada necesita el hombre como la divina Misericordia: eseamor que quiere bien, que compadece, que eleva al hombre, por encima de su debilidad, hacia las infinitas alturas de la santidad de Dios.
En este lugar lo percibimos de modo particular. En efecto, aquí surgió el mensaje de la divina Misericordia que Cristo mismo quiso transmitir a nuestra generación por medio de la beata Faustina. Y se trata de un mensaje claro e inteligible para todos. Cada uno puede venir acá, contemplar este cuadro de Jesús misericordioso, su Corazón que irradia gracias, y escuchar en lo más íntimo de su alma lo que oyó la beata. «No tengas miedo de nada. Yo estoy siempre contigo» (Diario, cap. II). Y, si responde con sinceridad de corazón: «¡Jesús, confío en ti!», encontrará consuelo en todas sus angustias y en todos sus temores. En este diálogo de abandono se establece entre el hombre y Cristo un vínculo particular, que genera amor. Y «en el amor no hay temor —escribe san Juan—; sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1Jn 4, 18).
La Iglesia recoge el mensaje de la Misericordia para llevar con más eficacia a la generación de este fin de milenio y a las futuras la luz de la esperanza. Pide incesantemente a Dios misericordia para todos los hombres. «En ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra— la Iglesia puede olvidar la oración, que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. (...) La conciencia humana cuanto más pierde el sentido del significado mismo de la palabra “misericordia”, sucumbiendo a la secularización; cuanto más se distancia del misterio de la misericordia, alejándose de Dios, tanto más la Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir al Dios de la misericordia “con poderosos clamores”» (Dives in misericordia, 15).
Precisamente por esto, en el itinerario de mi peregrinación he incluido también este santuario. Vengo acá para encomendar todas las preocupaciones de la Iglesia y de la humanidad a Cristo misericordioso. En el umbral del tercer milenio, vengo para encomendarle una vez más mi ministerio petrino: «¡Jesús, confío en ti!».
Siempre he apreciado y sentido cercano el mensaje de la divina Misericordia. Es como si la historia lo hubiera inscrito en la trágica experiencia de la segunda guerra mundial. En esos años difíciles fue un apoyo particular y una fuente inagotable de esperanza, no sólo para los habitantes de Cracovia, sino también para la nación entera. Ésta ha sido también mi experiencia personal, que he llevado conmigo a la Sede de Pedro y que, en cierto sentido, forma la imagen de este pontificado. Doy gracias a la divina Providencia porque me ha concedido contribuir personalmente al cumplimiento de la voluntad de Cristo, mediante la institución de la fiesta de la divina Misericordia. Aquí, ante las reliquias de la beata Faustina Kowalska, doy gracias también por el don de su beatificación. Pido incesantemente a Dios que tenga «misericordia de nosotros y del mundo entero».
2. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia » (Mt 5, 7).
Queridas religiosas, tenéis una vocación extraordinaria. Al elegir de entre vosotras a la beata Faustina, Cristo confió a vuestra congregación la custodia de este lugar y, al mismo tiempo, os ha llamado a un apostolado particular: el de su Misericordia. Os pido: cumplid ese encargo. El hombre de hoy tiene necesidad de vuestro anuncio de la misericordia; tiene necesidad de vuestrasobras de misericordia y tiene necesidad de vuestra oración para alcanzar misericordia. No descuidéis ninguna de estas dimensiones del apostolado.
Hacedlo en unión con el arzobispo de Cracovia, quien tanto valora la devoción a la divina Misericordia, y con toda la comunidad de la Iglesia, que él preside. Que esta obra común dé frutos. Que la divina Misericordia transforme el corazón de los hombres. Que este santuario, conocido ya en muchas partes del mundo, se convierta en centro de un culto de la divina Misericordia que se irradie por toda la Iglesia.
Una vez más, os pido que oréis por las intenciones de la Iglesia y que me sostengáis en mi ministerio petrino. Sé que oráis continuamente por esa intención. Os lo agradezco de todo corazón. Todos lo necesitamos mucho: tertio millennio adveniente.
De corazón os bendigo a los presentes y a todos los devotos de la divina Misericordia.